Seis leonas en Marrakech

imagesUn cuadro. Mis dos hermanas, mi señora madre, Mari Carmen que es como una hermana más y la Tía Conchín. Todas apelotonadas en dos taxis rumbo al aeropuerto cosmopolita, internacional y de dimensiones estratosféricas de Manises, Valencia.

Parecíamos una panda de pueblerinas que viajaban por primera vez a ultramar. Paco Martínez Soria a nuestro lado, un mindundi. Menos mal que mi hermana Pepi, que es la Willy Fog de la familia, tiene muchos kilómetros en su haber porque sino en vez de plantarnos en Marrakech nos plantamos en Albuixech que también suena muy marroquí, oiga.

(Al grano. Que me pierdo.)

Llegamos al destino. Mi otra hermana, Bubby, había sido la encargada de organizar el viaje y se había emperrado en empaparse del folklore marroquí durmiendo en un riad (edificio típico marroquí). Con lo fácil que hubiera sido dormir en un puñetero hotel de cuño occidental.

Tocaba buscar el hotelito.

Una avalancha de autóctonos, entre ellos mucho niños, se ofrecieron voluntarios (a cambio de una modica propina) para indicarnos el camino. Pero lo cierto era que ninguno de ellos sabía dónde estaba el puñetero riad. 6 mujeres solas, rodeadas de hombres, en el centro de un laberinto de angostas callejuales. Pa cagarse y no torcarse.

-Quietas todas- ruge mi madre. Después empieza a despotricar indiscriminadamente, como es habitual en ella cuando quiere imponerse.

Y sigue.

– He dicho que no os mováis. Aquí la que manda soy yo.

Saca del bolsillo el móvil. Habla.  A los cinco minutos aparece un fulano que nos conduce sanas y salvas a nuestro destino. (Ella siempre tan diligente)

El riad era de un francés que había decidido retirarse ahí, montándose el chiringuito del riad que, a la sazón, era su casa. Como siempre suelen hacer las mujeres de mi familia, le averiguamos la vida en un momentito. Resulta que su hermano mayor había sido novio de Milagros, una ex de mi padre del que, aún hoy después de muerto, seguía enamorada, algo muy común, por cierto, en todas las ex de mi padre.  (El mundo es un pañuelo, ¿a que sí?) (Algún día os hablaré de Papá)

La Plaza de Jamaa el Fna era una crisol de colores, olores y todo el polvo que quieras. Mari Carmen que es muy fina y delicada, no vomitó de milagro al ver que los animales colgados a la intemperie eran los que luego acomodaban en la plancha para servir a los comensales. Rico rico.

Limpito,  lo que se dice limpito no estaba, pero en los viajes hay que dejarse llevar. Mientras tanto  mi tía proseguía incansable con sus tía conchinadas que consistían en que contaba alguna anécdota de uno de sus viajes por el mundo que dejaban a la altura del betún el monumento que estuviéramos visitando en ese momento. Un ejemplo:

– Uy esta Mezquita qué normalita, ¿no? Pues en mi viaje a Egipto vimos una mezquita 3 veces esta y en mi viaje a Turquía vimos la mezquita azul, esa sí que era bonita, con su trocitos de cerámica azul, haciendo trencadis, (bla bla bla).

Prosiguió el viaje. Porque con mi familia hay una cosa que no te puede pasar jamás y esa es aburrirte. Y llegó el gran día en el que mi santa madre me hizo la gran confesión:

– Mira hija, a mí lo que se dice gustar gustar, no me está gustando el viaje demasiado. Imagínate lo bien que podíamos haber estado en un hotelito europeo. No le digas nada de lo que te he dicho a tu hermana (Bubby) que nos comerá vivas. Además, no sé si te habrás fijado pero las calidades constructivas de esta ciudad no son muy buenas.

Y me dejó muerta en ese momento.

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