Todas tenemos derecho a creer en princesitas

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Esta semana estoy espídica. He empezado un curso de eCommerce, me he aficionado al macramé y tengo pendiente hacer una mega presentación de mi portfolio que se-va-a-cagar-la-puta (perdón). Y además esta tarde he probado el maravilloso mundo de la depilación láser.

Yo me depilaba con cera. Además de que, tanto estirar no debe de ser nada bueno, estoy hasta la peineta de que me soplen 45 euros cada vez quiero quedarme barbilampiña por doquier. Así que he decidido acabar con el problema de raíz, nunca mejor dicho.

Julia, la dueña, una perla de Manacor. Guapa, profesional y simpática. Hemos conectado al instante. Marujeo a tope. Yo en cueros tumbada en la camilla y ella pasándome el cacharro láser. De traca, el bodegón. Ambas con gafas de laboratorio negras. Che, como si estuviéramos en la playa de Cullera, nena.

A las dos nos unen historias jodidas de desamor, aunque yo creo que eso nos une a todas las mujeres, aunque nos emperremos, muchas veces, en desunirnos.

Sigo.

La suya gana por goleada así que resumo:

Chica conoce a chico divorciado y con 2 hijos en Madrid. Chico es 10 años mayor. Se enamora. Se vuelve loca y se va a Madrid a vivir con él. Se entera de que, va a ser, que el hombre tiene 10 años más, o sea 50. (parece que el tío se conservaba en formol, no he preguntado). Trifulca.

Sigo.

Le perdona. Registrando sus cajones, ella se encuentra con pildoritas de viagra a gogó. Empieza a hacer recuento diario de las mismas hasta que un día no le salen las cuentas de la abuela. El dice que se va a Brasil de viaje de negocios. Ella mira su correo. Encuentra un email que le certifica que se ha ido a un hotel de dos millones de estrellas con otra. Lo llama al hotel. Le dice que, o vuelve, o ella se pira. El vuelve. (¿He mencionado que ella estaba embarazada de 5 meses? Pues ale, mencionado queda). En el impasse de la vuelta, la chica de la limpieza le dice que desde el día 1 desùes de empezar su relación con ella y no estaba, en esa casa dormía cada día una mujer distinta. (Digo yo que después de lo de Brasil, esto no nos sorprende). El fulano llega a casa. Ella lo manda a tomar viento fresco y se vuelve a Valencia.

(Me he quedado con cara de pasta de boniato un rato. Sigo en cueros)

(¡Y qué tiene que ver esto con las princesas!)

(Tranquilitos, que ya llega)

La niña también se llama Julia. Su madre me dice: “Quiero que se convierta en una niña que pise fuerte. No quiero que piense que hay príncipes azules. No existen”.

Toda mujer ha tenido una experiencia de desamor en su vida pero la mujer que verdaderamente pisa fuerte, es la que vuelve a levantarse conservando su ilusión. Y yo digo que sí existen las princesas y los príncipes azules, aunque estén en serio peligro de extinción.

Porque, no solo tenemos derecho a creer en princesitas, también tenemos derecho a serlo y  a que nos hagan sentir como tal.

Me pido Cenicienta que creo que Blancanieves, con eso de los 7, es un poco casquivana la chica.

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