La última confidencia del escritor Hugo Mendoza

La adjetivación de lo preciso. Las palabras nacaradas. Los diálogos mordaces y rápidos. La subjetividad. El varillaje de entramados unidos en un mismo ojo que forma un perfecto abanico que se despliega con delicadeza. La variedad y riqueza de personalidades. La promesa de más. La avidez del lector por descubrir.

Una historia policíaca, sin policías. De amor, sin amantes. Descripción quirúrgica que, en ocasiones, satura y en otras dibuja detalles para que el lector se adentre por completo en los distintos escenarios de pasión, acción, nostalgia y miedo que retrata el autor con excelente pluma.

Filigrana construyendo las distintas personalidades de la novela, hasta el punto de sentir, vivir y pensar como ellos; ser ellos, querer ser ellos, rechazarlos. Y en esto, de nuevo, vuelta a la adjetivación de lo preciso.

Entramados entrelazados que van hilando la acción. Mil historias en una. No hay bajadas, sólo subidas; el lector se convierte en un yonki cualquiera. Tiene mono de más.

Principio imposible (o casi). Final improbable (o casi).

Diálogos rápidos, perspicaces, cómicos. Muchas reflexiones. Sentencias vitales. Toca el corazón y el espíritu. No deja indiferente.

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